Loralay...

 Loralay... Oh, Loralay...

Tu nombre es un hechizo que parece fundirse entre las olas, aguas que en las ondulaciones de su superficie imprimen la huella susurrada y queda de un nombre que quedó en el pasado, y ahora se me escapa de las manos, arena arrebatada por el viento, hacia el imponente océano de la memoria, más vaga mientras más profunda.

Caricias de un mundo que desde aquí apenas vislumbro, pistas quedas de un nombre devorado por el tiempo...

Mis manos y mis brazos no pueden ser ya míos, han sido poseídos por la ilusa creencia de que podría encontrarte mar adentro, donde el suave vaivén de este rumor que me convoca se acrecenta hasta el clímax tumultoso, cadente y oscuro que promete traerte de vuelta. Esta mirada acuosa y desleída que ya no le pertenece a nada más que a tu recuerdo... Te busca imparable.

Comencé a escuchar tu lejano y sutil llamado inesperadamente, una mañana frente al espejo, cuando en el azul profundo de estas dos ventanas se conjugó el arrullo de las olas, y me pareció encontrar un rastro tuyo. Huellas de las memorias deslavadas por los impactos hacia mi costa, huellas donde regresas para invitarme de vuelta a tu envolvente abrazo, en el que en vida siempre pude descansar. 

Te encontraba en la voz oscura del océano, que murmurando cantaba en el color celeste al dulce y risueño verano de los buenos tiempos, y en los tonos navales rugía el furioso y desesperado dolor de nuestros últimos días.

Memorias olvidadas se abrían paso a través de mí, quebrando el cristal y apropiándose de mi mirada, arrebatando mi existencia sólida, llevándome al pasado. 

¿Recuerdas Loralay? ¿Recuerdas? Esos tiempos cálidos y fogosos. La llama juvenil ardiendo en nuestros pechos, enmedio de la oscuridad del mundo. Los tiempos inocentes de nuestro primer beso, donde descubrimos el calor de la sangre y de la piel del otro, sin saber de peligros ni de muertes. ¿Recuerdas cómo nos volvíamos una sola estrella bajo el manto de la noche, en una sinfonía al calor de la hoguera?

Éramos inmensamente jóvenes, en el amanecer de nuestras vidas llenas de sueños, anhelos y energía. Dos soles nacientes en la alborada, ansiando elevarse del suelo para elevarse juntos a lo alto...

Loralay... Oh, Loralay...

Fue en nuestra madurez que comenzaste a serme arrebatada. Ausente la luz de tu pecho, perdida entre nubes tu mirada, frío tu tacto que ya no cantaba con el mío, sellados y mudos tus labios, llenos tus ojos de olvido. 


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